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jueves, noviembre 29, 2007

La Etnia Colla de Atacama



Julio Rojas M.


I. Cuando los españoles se internaron en el “despoblado de Atacama” para conquistar los territorios al sur del Perú, encontraron en la actual III Región de Atacama poblaciones indígenas de diverso origen: quechuas, aymaras, atacameños, changos y picunches, además de otros pueblos menores con mezcla interracial y compartiendo una lengua común, aunque con pequeñas diferencias dialectales.

Estudios arqueológicos (Ampuero, 1986 y Latcham, 1928) establecen que en el periodo paleoindio (13.000 a. C.) se recolectaban algunas rocas duras para la confección de instrumentos para la caza y la pesca. Grupos de cazadores recolectores explotaron óxidos de hierro y otros metales para confeccionar tinturas para fines rituales, a fin de ser utilizados en pintura corporal o para teñir textiles, incluso para pintar paredes, cuevas y grandes rocas. Existen en la región testimonios arqueológicos de asentamientos durante los siguientes diez mil años, en donde destacan principalmente la cultura Copiapó, los molles y los diaguitas.

Hacia el segundo milenio antes de Cristo, la vida nómade comenzó a cambiar. Las bandas comenzaron a domesticar animales (llamas y vicuñas), a domesticar plantas silvestres, a cultivarlas y a establecer aldeas permanentes a lo largo de ríos y quebradas, además de la franja costera. Dichas aldeas comenzaron a extraer y trabajar cobre, plata y oro nativos, que no requerían fundición. Con él elaboraron collares, pendientes y pulseras de cuentas con malaquita, azurita y crisocola. Asimismo, la cerámica comenzó a desarrollarse.

El comercio entre los diversos pueblos andinos era enorme y había vías de comunicación para facilitarlo. Miles de senderos unían a pueblos como los atacameños, diaguitas, aymaras y humahuacas (M. Tarragó), formando largas fajas de intercambio de productos agrícolas, productos del mar, cerámica, textiles y animales. La llegada de las huestes de Tupac Yupanqui desde Cuzco no hizo más que reforzarlas e incluso aumentarlas, pues los incas también tenían complejas redes de intercambio comercial[1].

Los diaguitas arribaron el siglo VII d.C., en el periodo agro-alfarero medio y llegaron a ocupar el territorio comprendido entre los valles de Copiapó y Aconcagua. A la llegada de los incas, los calchaquíes (herederos de la cultura diaguita) aprendieron de ellos diversos avances tecnológicos y adoptaron sus concepciones religiosas y mucho de su cosmovisión. En minería, aprendieron a buscar ductilidad en los metales que explotaban. Los incas les enseñaron las connotaciones simbólicas y rituales de los metales. También influenciaron tanto la forma como la decoración en la cerámica.

De aquella época datan figuras en miniatura de animales domésticos, emblemas, insignias y adornos corporales (Museo Regional de Copiapó, Museo del Huasco y Museo Regional de La Serena). Lejos de ser considerados joyas, éstos eran utilizados en las ceremonias y rituales religiosos. También representaban procedencia étnica y posición social.


“ (...) los atacameños i diaguitas conocían la metalurgia, trabajaban minas i fundían sus metales, en épocas cuando los incas, como pueblo conquistador no sonaban i tronaban, ni habían aún salido del valle del Cuzco”.

(Ricardo Latcham ;1928, 86)



Se ha descrito a los indígenas de los valles de Copiapó y Huasco como pueblos pacíficos, seminómades, cuya vida transcurría entre la caza de camélidos, roedores y algunas aves. Se movilizaban constantemente buscando aguadas y vegas, donde instalaban sus tolderías de algarrobo y cueros de camélidos. En dicho lugar, cultivaban estacionalmente pequeñas chacras, con productos como el maíz y la quínoa. Criaban ganado camélido con el cual tejían su ropa.


II. A la llegada de Pedro de Valdivia a los valles de Copiapó y Huasco, las crónicas señalan que los caciques eran Coluba en Carrizal y Canto del Agua, Montriri en la costa entre Caldera y Huasco Bajo, Atuntaya y Moroco se repartían el mando desde la actual ciudad de Vallenar hacia la cordillera. Todos serían de procedencia changa, por la ubicación geográfica.

Ya bajo dominio español, se sabe que el cacique del valle de Copiapó era Francisco Guanitai, junto a su esposa María Che. Ambos aparecen en las crónicas de la época vendiendo al General Francisco de Aguirre, su encomendero, sus tierras por 45 ovejas. Otra indígena, Ana Quismaichai vende en 1580 sus tierras al encomendero Francisco Ortega. Por su parte, Domingo Chacana y su esposa, Paula Nacamai donan, en 1662 sus tierras. Todas estas posesiones se ubicaban dentro de lo que hoy es la ciudad de Copiapó.

A juzgar por estos apellidos, se trata probablemente de gente de origen calchaquí, que hablaban quechua. Dichos indígenas, luego de la Conquista, habitaron los pueblos de indios aledaños a Copiapó y a Tierra Amarilla, mientras otros emigraban hacia las provincias de Catamarca y Jujuy, en Argentina. Hay ciertos historiadores locales que, sin embargo, observaron la presencia de otros pueblos indígenas[2]:


“Nuestro valle, estaba por esos años poblado por indios “picunches y nuestras costas por “changos”.

(F. Ríos Cortés; 1981, 32.)


Todos los apellidos oriundos de estos valles subsisten hasta el día de hoy y son reconocidos como collas, aunque lo más probable es que se trate de una mezcla interétnica entre calchaquíes, apatamas, humahuacas, aymaras y quechuas). Del valle del río Tránsito en la precordillera de Huasco, son originarios apellidos como Campillay, Huanchicay, Liquitay, Tamblay. De Huasco Alto provienen los apellidos Sasmay, Sulantay y Seriche.

Los apellidos más comunes de origen chango son Tabalí, Aracena, Zuleta, Saguas, Calabacero, Atuntaya, oriundos de Huasco Bajo. Hay changos en las crónicas españolas que llevan el apellido Torres o Aguirre. Esto se debe a que adoptaron el nombre de su encomendero, Don Jerónimo Torres de Aguirre, dueño en el siglo XVII de toda la tierra a lo largo del valle del Huasco hasta la costa. Esto quizás explique también el apellido de uno de los ayllus más numerosos entre los actuales collas: el apellido Jerónimo (que a veces también se escribe Gerónimo[3]).


“(...) el primer Zuleta que vino al Huasco, y que fue el projenitor de todos los de este apellido en el valle, era chango de Paposo que vino a radicarse a la desembocadura del río a principios del siglo [XVIII]”.

(Morales O., 1896.)



Del valle de Copiapó son originarios apellidos como Alcota y Normilla. De Potrerillos provienen Jerónimo, Quispe, Tacquía. Indígenas también hubo con apellidos españoles, como Godoy, Bustamante, Bordones, Cardozo, Rivera, Araya, Guerrero, Monardez y Bórquez. Como los casos anteriormente descritos, es probable que dichas familias hayan adoptado el apellido de su encomendero.

Hay testimonios de presencia pikunche, tanto en el valle del Huasco como en el de Copiapó. A fines del siglo XVIII aparece el indio Quichomauqui (Ketromanke?), oriundo de Huasco Alto como descubridor del rico mineral de Carrizal Alto. Otro indígena, José Paco Huicume, conocido como Chamblao, descubre el inmenso mineral de Agua Amarga, en 1811.

Por lo general salvo excepciones, los cronistas del siglo XIX y XX en Atacama (Jotabeche, Sayago, Morales O., Treutler y Alvarez) se refieren a las poblaciones indígenas simplemente como “indios”, sin dar mayores detalles, salvo comentarios sueltos de sus actividades económicas y ceremoniales. Sayago (1873, 8) afirma que ni los archivos, ni los cronistas dan detalles respecto del origen de las poblaciones indígenas del valle de Copayapu. El autor se aventura a especular que


“Hemos dicho antes que los guaranís, según tradición que mantenían los indios de Tucumán, se esparcieron desde el río de la Plata hacia la cordillera de los Andes; puede ser que algunas de las tantas tribus en que se fraccionó esa gran nación, haya venido a fijar su residencia en la Cordillera del Cachito [N. Del A. donde nace el río Copiapó] “.


Fuera de estas especulaciones, nada se sabía de los indios en esta parte del país, salvo que fueron absorbidos por la conquista inca y fuertemente influenciados culturalmente por ellos. Quizás por su carácter pacífico e independiente, algunas bandas se movilizaron a ambos lados de la cordillera, conservando algunas costumbres propias.

La primera vez que se documenta como calchaquíes a las poblaciones indígenas que habitan las quebradas y vegas que circundan los valles, es en “Historia del Huasco”, del historiador local Joaquín Morales Ocaranza. Este puntualiza que


“En 1670 la estancia de Chañaral, ubicada entre el valle del Huasco y el de Coquimbo y que se conoce ahora con el nombre de Chañaral de las aceitunas, fue concedida al señor Juan Cisternas Escobar por el gobernador don Diego González Montero “en mérito de haber servido a S. M. muchos años en la guerra, haber elevado a su costa una compañía de caballería, haber ido a reprimir las depredaciones de los indios Colchaguies, haber sido alcalde ordinario en la Serena, y por fin, haber desempeñado tres veces el correjimiento de Copiapó”.

(Morales O.; 1896, 42)


En Sayago (1873) encontramos el siguiente esbozo de descripción física de un indígena de Huasco Bajo:


“Conocimos en nuestra niñez al anciano indio de Huasco Bajo, Joaquín Torres, más conocido como “Juaco Torres”, que era verdadero tipo del indio con el legendario moño, y que murió en el año 1873, de 110 años de edad”.


Es a partir de estudios arqueológicos más acabados que se comienza a hablar de molles y diaguitas, para identificar los grupos organizados en bandas que ocupaban diversas quebradas y valles de las actuales regiones III y IV (Latcham, Cervelino, Ampuero entre otros), en épocas inmediatamente anteriores a la conquista inca.

Los diaguitas habitaron desde el valle de Copiapó hasta el de Aconcagua, procedente de la puna argentina, hacia fines del siglo VII d.C., en el denominado periodo agro-alfarero medio (Ampuero; 1986:27). Los diversos censos muestran una sucesiva baja en la población diaguita a través de los siglos. En 1535, la población totalizaba unas 25.000 personas. Hacia finales del mismo siglo, se contabilizaron unos 1200. Se sabe que hacia 1677 no había más de 60 indios de tributo; en 1745, un año después de la fundación de la villa de Copiapó, en el pueblo de indios vecino a dicha villa, se contaron 43 indios con su cacique Francisco Tacquía. En 1793, la matrícula de dicho pueblo tenía individualizados a 109 indígenas. En 1806, apenas 12 están identificados.


III. Según los escasos estudios existentes, es factible creer que los colla serían el producto del mestizaje entre Apatamas, Humahuacas, aymaras y Calchaquíes, oriundos del noroeste de Argentina. Todos estos grupos étnicos estaban ya fuertemente unidos bajo el dominio inca, lo que facilitó sin duda la mezcla interétnica.

La procedencia de estas poblaciones estaría en Santa Catalina, Yaví, Cochinoca, Susques y Tumbaya, en la puna de Jujui; norte de la Poma y el norte de Rosario de Lerna en Salta; el Departamento de Antofagasta en Catamarca; las Quebradas de Humahuaca, Tilcara y el norte de Jujui; los valles del Noroeste, Valle Grande; Santa Victoria, Iruya y Orán, en Salta; el valle del río Calchaquí, los Departamentos de Cachi, Molinos, San Carlos, Cafayate, Chicoana, en la Provincia de Salta. El Departamento de Belén, en Catamarca. Toda esta zona estaba poblada a la llegada de los españoles y sigue poblada por los mismos grupos étnicos, aunque bastante aculturados.

Los collas actuales arribaron a Atacama hacia la segunda década del siglo XX. Se organizan en ayllus, formados por consanguinidad. Su distribución obedece a las condiciones de escasez de recursos naturales, tomando en cuenta que viven en pleno desierto de Atacama. Hay ayllus que viven actualmente en aguadas y bofedales de la cuenca hidrográfica del Salar de Pedernales, la Ola, en el sector aledaño a Potrerillos. Asimismo, en localidades como San Félix en el valle del Tránsito (afluente del río Huasco) y Paipote, 5 km. al sudeste de Copiapó y en las cercanías del río Jorquera. A juzgar por ciertos informes de CONADI, no habitan más allá de la Cordillera de Domeyko.

El mestizaje entre los collas actuales es evidente, a juzgar por la presencia de apellidos españoles, además de la precariedad cultural que demuestra su ceremonial y su ritual[4]. Antes de la llegada de la Andes Copper Mining Company en 1927, que se estableció en Potrerillos y construyó décadas después el campamento de El Salvador, los collas eran numerosos. Esta empresa y posteriormente la División CODELCO Salvador y Potrerillos, han tenido un fuerte influjo en las comunidades colla de los últimos cincuenta años. La construcción bloqueó sus rutas ancestrales de transhumancia[5].

Por otro lado, lo atractivo de los sueldos, viviendas, más la oferta de trabajo volvió a dichas poblaciones más sedentarias, comenzando a residir en el pueblo de Potrerillos en forma permanente, causando división y aculturación al interior de los ayllus. Muchos ayllus, de hecho, regresaron a Argentina.

Las actividades mineras han mermado sus recursos hídricos, haciendo más difícil el traslado a las aguadas. La abundancia de agua de épocas anteriores ya no es tal. Por todo lo anterior, han estado sufriendo profundos daños en su cosmovisión[6].


“La marginalidad territorial les fue impuesta cuando delimitaron sus recursos hídricos y se sumó a ella, la usurpación de sus tierras por extraños, en un área que les había pertenecido desde siempre y que de pronto les fue condicionada arbitrariamente (...)”.

(R. Ponce; 1998, 34.)



Las nuevas formas de vida que trajo consigo el siglo XX, sus intentos por adaptarse y subsistir como comunidad discreta, sin duda ha creado confusiones en la comunidad colla, peleas internas, con el consiguiente daño a sus concepciones del mundo. O lo que queda de ella. Un ejemplo de esto es el matriarcado, sistema que ellos mismos declaran inexistente en su cultura ancestral.

En efecto, la cultura calchaquí era patriarcal, según testimonios, pero la necesidad de los hombres de emigrar a los centros urbanos en busca de trabajo, trajo la necesidad del matriarcado, con los consiguientes cambios en su estructura social. Este sistema de organización social es el imperante desde hace aproximadamente 20 a 30 años y es otro de tantos factores que han aportado a la casi total desaparición de su bagaje cultural.

Otro problema que surge, al momento de contabilizarlos, han sido las grandes empresas mineras que con relaves y otros elementos, han contaminado muchas de las aguadas ancestralmente ocupadas por collas. Elementos químicos tóxicos como el arsénico y el anhídrido sulfuroso han matado en estos últimos años el escaso ganado caprino que poseen[7]. Muchas de estas familias se han visto obligadas a regresar al noroeste argentino, donde todos los collas tienen familiares.


“Para las etapas de la producción de cobre, los gringos comenzaron a necesitar agua, procediendo a ocupar las de las aguadas, vegas y oasis. Estos, después de correr a los collas de sus propiedades, colocaron vigilantes armados y recorrían a caballo el sector para impedir que nadie se acercara al agua. A balazos corrían a los collas de sus tierras”.

(Testimonio de Leonidas Gerónimo Escalante)



IV. La comunidad colla tiene rogativas que desarrolla en distintas épocas del año. Su ritual es primordialmente de corte propiciatorio. Las principales ceremonias son el Floreo, el H’iacho y la celebración de los solsticios de invierno y verano[8].

El floreo consiste básicamente en colocar flores de lana roja al ganado caprino, particularmente a las hembras jóvenes, simbolizando la fertilidad de una mujer, en su primera menstruación. A los machos también se le coloca una flor de lana en la oreja y en el cuello un collar de flores, como símbolo de su identidad sexual. Al caprino adulto se le colocan flores de distinto color. Durante el ritual, se pide protección para los animales del ayllu. El cacique[9] canta vidalas y bahualas, acompañado de un bombo vidalero y por el coro de los demás hombres.

El H’iacho consiste en el sacrificio del animal (illa) más hermoso del piño, al cual le extraen el corazón para enterrarlo en un lugar elegido en el corral. La sangre no debe caer jamás al suelo, pues es una ofensa a la Pachamama. Se acompaña el ritual con vidalas que invocan a la Pachamama.


“(...) cuentan que la abuela María Damiana se sentaba en un barril argentino a cantar chacareras”.

(Testimonio de Leonidas Gerónimo Escalante.)



Otras celebraciones menores son las señaladas, para marcar a los animales, y los convida’os, que son fiestas de agradecimiento. Sin embargo, en ninguna de estas fiestas hay rogativas en su lengua nativa. Todo es en español, salvo algunas frases sueltas, en donde se reconocen palabras aymaras, quechuas e incluso mapuches.


“En conclusión, a pesar de la confusión religiosa que puedan haber adquirido a lo largo de su historia y que en el fondo les haya hecho olvidar sus costumbres ancestrales, una cosa es clara: los collas poseen una profunda fe religiosa y un amor sagrado por la Madre Tierra, ya que para ellos, es el camino que los conduce directamente a Dios (...)”.

(R. Ponce; 1998, 77.)


V. Según R. Schuller, la lengua de los diaguitas ha sido incorrectamente llamada kakan, pues habría sido relacionada con otra lengua hablada en el noroeste de Argentina. Aún así, parece ser que los diaguitas del valle de Copiapó y el valle del Huasco hablaban la misma lengua, aunque con pequeñas diferencias dialectales. Refiriéndose a la lengua de los indios del valle de Huasco, el cronista Gerónimo de Vivar señala:


“Estos yndios difieren de la lengua de Copiapo como byscainos e navarros”

(Vivar;1979:40)


Según este cronista, cuando el conquistador Pedro de Valdivia llegó al valle de Copiapó ordenó a los que iban a pie y a los yanaconas que le hablaran esa lengua a los indígenas locales que habían encontrado a su paso, quienes huían ante la presencia de los españoles. Los yanaconas hablaron quechua, la lengua de los incas y sorprendentemente, los aborígenes locales la comprendían.


“Luego el capitan de los yndios, quando oyo la boz y entendio la lengua del Cuzco –puesto qu’es de la suya muy diferente, porque en toda la tierra y provincias de Indias cada XX y XXX leguas difieren los lenguajes- entendiola, porque avian tratado con yndios del Cuzco (porque tenian a las diez y ocho leguas del valle de Copiapo un pueblo de yndios del Cuzco), y como con ellos tratavan, entendía la lengua este capitan y otros muchos”.

(Vivar; op. cit.:30)


La lengua diaguita muy pronto fue olvidada, perdiéndose para siempre. Las crónicas de la Colonia señalan que los indios encomenderos hablaban quechua o aymara. Jamás se menciona a algún indio hablando otra lengua. Ni los changos de las costas ni los calchaquíes o colla de los valles hablaban ya su lengua. Este hecho podría deberse a la aculturación que sufrieron estas poblaciones por parte de las conquistas incas y españolas, adoptando dichas lenguas (a modo de una lingua franca) para comunicarse entre ellos y con los señores incas o españoles.


“(...) el indio octogenario Felipe Cupichón, de la encomienda de don Juan Bravo de Morales, (...) el indio Lorenzo Betero de la encomienda de don Fernando de Aguirre y Cortez, que a la edad de 76 años aún no había podido aprender el español, por cuya razón prestó su declaración en quichua, la cual fue traducida por uno de tantos ladinos en esa lengua; el indio Salvador Tamango, compañero de encomienda del anterior, de 52 años (...)”.

(Alegato de Juan de Cisternas por derecho a tierras de Potrero Grande, año 1677)


Como lo señala Ampuero (1986; 27), toda la tradición cultural se esfumó. Eso implica la lengua, la religión, sus costumbres sociales y su forma de vestirse. Lo único que ha logrado llegar hasta nuestros días es su cerámica altamente decorada, sus artefactos de cobre y sus prácticas mortuorias. Pero de las diversas lenguas o dialectos que encontró Vivar a su paso, nada queda.

Es realmente sorprendente que no haya quedado prácticamente ningún vestigio de la lengua diaguita, apenas unos cuantos casos de toponimia. Una investigación realizada por Carvajal (1987), mostró en el valle de Elqui un predominio de topónimos quechuas (39,66%) y mapuches (27,27%). El porcentaje de topónimos de origen diaguita fue sólo de un 1,18%. Sin embargo, hubo un 23% de topónimos no identificados, en el cual podría haber algunos de origen diaguita. Pero el desconocimiento de esta lengua ha impedido estudios de toponimia más acabados.


VI. Glosario de términos de uso común entre los collas.
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Un periodista de Potrerillos, Ricardo Ponce Castillo, autor del único testimonio escrito de las ceremonias collas, anota el siguiente vocabulario usado por los collas de ese sector de la Región de Atacama.

Acullico : Porción de hojas de coca para mascar.

Apacheta : Montón de piedras, formado y acrecentado tradicionalmente por los viandantes, en lo más alto del camino como ofrenda a la Pachamama.

Añapa : Choca rápida o comida de viaje. Es una tortilla de algarroba molida mezclada con harina tostada. Se le conoce también como patay.

Caspiche : Hierba cordillerana usada para construir corrales o cercos

Vidala : Forma poético musical que se verifica durante algunas ceremonias.

Bahuala : Forma poético musical que se verifica durante algunas ceremonias.

Callapo : Protección de saco blanco usado por los mineros como camiseta para protegerse del sol.

Cachila : Cazuela de chinchilla, que se prepara con granos de cháncua (maíz pelado apenas quebrado) y papas.

Chasna : Colchón hecho con tres cueros de cordero, curtido y con frazadas tejidas con lana natural.

Illa : Rito sagrado que consiste en sacrificar a un animal. Este es degollado sobre una mesa o una piedra plana, evitando que la sangre caiga al suelo. También así se llama al animal más atesorado del piño.

Llijta : Substancia preparada mediante la incineración de elementos vegetales como hojas, tallos, etc, de algunas hierbas.

Noque : Cuero de cabra usado en el proceso de preparación de mantequilla, usado como filtro del último suero de la cuajada.

Puyo : Cubrecamas. Es una manta gruesa tejida y colocada sobre las frazadas. Los confeccionan las mujeres en telares artesanales. Puyo también se denomina al poncho tejido con lana gruesa y torcida.

Tacana : Pala de madera, usada para apretar el tejido en el telar.

[1] Los cerros aledaños a la ciudad de Copiapó están plagados de senderos que se han utilizado desde tiempos inmemoriales, por cateadores y pirquineros y, antes, por caravanas de llamas y otros animales, desde y hacia los diversos pueblos andinos.
[2] En la fiesta de la Virgen de la Candelaria, el Baile Chino N° 1 y 2 utiliza pifilkas de origen mapuche, que demostraría la presencia pikunche en la zona, al momento de la llegada de los españoles.
[3] El apellido Jerónimo provendría del sector Aguada Pastos Largos, Salta, Argentina. Don Eustaquio Inocencio Jerónimo fundó esta numerosa familia en Chile, hacia 1877.
[4] El arqueólogo Miguel Cervelino, director del Museo Regional de Copiapó, no reconoce la existencia de una etnia en la comunidad conocida como colla, pues afirma que el ritual y ceremonialismo que presentan, es una sospechosa mezcla de elementos aymaras, quechuas, e incluso mapuche. El suscrito también es testigo de la escasa “etnicidad” de dicha gente. En una oportunidad, al consultarle a un integrante de la comunidad colla, por qué, siendo de apellido González Bordones, se consideraba colla. Respondió esta persona que unos parientes le habían contado que sus abuelos habían nacido en dicha quebrada y que se dedicaron a la crianza de animales y porque le parecía haber oído que el apellido Bordones lo llevaban gente de procedencia indígena. Por eso se había integrado a las agrupaciones indígenas.
[5] Cabe recordar que, incluso, la bocamina principal de la mina subterránea destruyó parcialmente el Camino del Inca, que cruza la zona, cortándolo en dos partes, hoy desconectadas.
[6] Desde el año 1993, la comunidad colla de Potrerillos está trabajando en el rescate de su identidad como cultura indígena. Lamentablemente, la falta de ancianos y de transmisión cultural han mermado considerablemente su acerbo cultural, exhibiendo un ritual y un ceremonial pobres con evidentes préstamos de otras culturas andinas.
[7] También crían burros. Si uno se interna por los parajes donde tienen sus rancheríos, es común ver piaras de burros semi salvajes pastando en las orillas de los ríos y vegas. En las calles de Copiapó, es tradición la longaniza de burro, que se vende larga y enrollada como una soga.
[8] Estas celebraciones están fuertemente influenciadas por el We Tripantu mapuche y el Inti Raymi quechua.
[9] El cacique actual de los colla es conocido por el nombre de Oscar Pacho. Sin embargo, su verdadero nombre es Oscar González y hasta hace unos diez años, vivía en Potrerillos, sin tener conciencia de tener ascendencia indígena. El es el responsable del ritual y ceremonialismo que actualmente practica la comunidad colla. Muchos lo han acusado de inventarlas.

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